domingo, 1 de julio de 2018

Recordándote una tarde cualquiera, que podría durar ...una vida entera.


Y es que ya no sé.
No sé que hago escribiéndote
y digo escribiéndote, porque absurdamente pienso que es contigo con quien hablo y no solamente para mi.

Se suponía que este sería un refugio abierto, para cualquiera que desee cobijarse en el (así como la idea inicial del refugio que creaste) pero así como un día me diste las llaves de aquel, yo -aún más radical- solo te he dado a ti las llaves de este.

Cuando nació en mi aquella idea, pensé ilusamente que siendo la llave de este refugio la misma que fabricaste para el tuyo, tarde o temprano lo hallarías y sería el punto a partir del cual la coincidencia nuevamente nos reencontraría, pero han pasado ya más de tres años de ello y no ha ocurrido.

A veces rememoro los meses, hago cálculos de fechas y recuerdos y quiero creer que todo tiene un por qué, incluso el hecho de que las propias coincidencias nos hayan abandonado, pero a veces, tardes como hoy, mi optimismo se va al carajo y me siento tan ridículo esperando por señales que tal vez nunca aparecerán.

Pero es falso. Es cierto, no han  aparecido las señales que yo quiero, pero han aparecido otras. Me he leído mil veces tus escritos ocultos del mundo, que logré rescatar en el último momento, y he repasado mis propios escritos y he identificado una afinidad de estilos que parece hasta una burla a mi mismo, tanto así que si por fin me hubiese abandonado a mis accesos de desvaríos mentales, seguramente habría terminado por pensar que tú y yo somo las misma persona y al final resultaría que me escribo a mi mismo y yo escapo tan solo de mi, a través del tiempo.

Pero no, también es falso. Tú existes, estás allí afuera, estás tan ridículamente cerca que si me decidiera a buscarte en este mismo momento en menos de sesenta minutos podría tenerte en frente, para revelarte mis más profundos secretos o para soportar tu mas gélida indiferencia...

Pero no, yo no puedo ir a verte, porque tú y yo existimos en planos distintos, no somos dos individuos que puedan cruzar sus destinos por voluntad propia, sino dos personajes vinculados por el azar. Fuimos un amorío resultante de la perfección de unos dados lanzados que marcaron el seis simultaneamente, y aunque lo hicieron dos veces, aquella anónima mano no ha vuelto a lanzar más.

A estas alturas de nuestras vidas, no diré algo tan estúpido como que te amo o que sigo enamorado de ti, no no, eso es incluso ofensivo tratándose de ti. Cómo amar a alguien a quien no se conoce lo suficiente y como esperar de alguien amor si no nos ha conocido minimamente. Pero claro, conocer conocerse, tú y yo nos conocimos, pero no como se conocen las personas ahora, en este mundo de información, de hechos, de datos, de indentificaciones, de nombre y etiquetas para todo. Tú y yo nos conocimos solo por los sentimientos, a ciegas, sintiendo porque teníamos la capacidad para ello, del modo más básico y más puro también, fue sentimiento e instinto, sumado a las benditas -o malditas- coincidencias. 

Solo estoy seguro que no te olvido, no te olvido, aunque no te busco, te pienso, aunque no tenga muchos recuerdos para ello, sino el puñado con los que me dejaste, tengo unas ganas irresistibles de verte, hablare, escucharte...tal vez solo de estar como aquella noche y madrugada que duraron una eternidad, viendonos, acariciandonos la yema de los dedos, sintiendo a ojos cerrados únicamente que el otro existía y estaba allí y que las palabras sobraban. 

Tal vez nunca te vuelva a ver o tal vez algún día encuentren este refugio y te des cuenta que Rebeca Acosta seguía viva para mi y tal vez también despierte dentro de ti.

Nos hacemos viejos pero paradójicamente nuestros recuerdos rejuvenecen en tardes como ésta, una tarde cualquiera, que podría durar ...una vida entera.

Hasta el día.